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Presentamos la muestra virtual Santos y Difuntos. Por la salvación de mi alma

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Los 20 escritos que forman parte de esta exposición pueden consultarse en el catálogo del Portal de Archivos de la Comunidad de Madrid http://www.madrid.org/archivos/index.php/actividades/descubre. El recorrido virtual permite conocer cómo eran los lugares y formas de enterramiento, así como otros detalles y curiosidades relacionadas con la muerte. 

En el primero de los cinco apartados en que se divide la publicación se encuentran los testamentos de ilustres personajes como Lope de Vega, Calderón de la Barca o la Reina María Cristina, en los que expresan sus deseos más íntimos al enfrentarse a su final.

En una segunda sección, otros documentos notariales nos ponen en contacto con la vida en otras épocas. Se puede la alta mortalidad infantil en un Certificado del siglo XIX, o la preocupación que supone enfrentarse a la muerte y no tener recursos económicos para abordar los gastos que un enterramiento digno suponía en dos Declaraciones de pobres de finales del siglo XVIII.

Los detalles más escabrosos

En la tercera parte se presentan distintas exhumaciones que describen la situación de los cuerpos, y que proporcionan anécdotas como la ocurrida con los restos del conde de Aranda (1869) cuando, al trasladarlo, fueron en el mismo coche con una caja que parece contenía los restos de don Francisco de Quevedo (muerto dos siglos antes).

El cuarto bloque nos acerca a los enterramientos, con la presencia de distintos planos y dibujos de panteones y mausoleos que aparecen incluidos en algunos de los documentos notariales.

El coste de morir

Por último, este catálogo virtual recoge dos documentos de finales del siglo XVI y principios del XVII de carácter económico, pero muy relevantes para entender la mentalidad de la época en relación con la muerte. Estos ejemplos son especialmente representativos porque prueban lo que costaban los enterramientos y las exequias de personas tan económicamente diferentes como el Rey Felipe II, que costó la nada despreciable cifra de 16.418 reales (558.222 maravedíes) y una anónima madrileña llamada Agustina Ruiz, que pagó, con mucho esfuerzo, 57 reales.

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